Que el amor no nos pase de largo…

que sea capaz de discernirte entre tanta multitud…

que una sombra no me nuble tu encuentro…

que no me ciegue el desamor.

Y entre tanto y tanto ruido de pitidos sin sentido,

de alaridos desteñidos del más mínimo color;

grande… nos quedó grande la era de la comunicación.

Todo vale y nada queda.

Y entre tanto y tanto ruido, cómo añoro a un Góngora creando el culteranismo

y a un Quevedo enfebrecido por medirse la métrica,

al filo de cuchillo, la sátira en estado puro de una gran generación.

Y entre tanto y tanto ruido, aquí hállome yo…

resquebrajada, perdida, más osada que atrevida,

limpiando la ciénaga a golpe de mordida.

Más digo yo que, entre tanto y tanto ruido,

tal vez me desvele tu voz susurrándome al oído

embebido de pasión.

Allí, en el silencio imperturbable de la noche;

allí donde el sol se volvió luna;

allí donde todo existe y nada perturba la razón;

allí, tú que sabes encontrarme…

allí estaré yo.

Cruz González, 2 de mayo de 2016

Del cuaderno de la noctambulidad alevosía

Lo escribí en 2016. Todavía no había pasado nada. O eso creía.

Diez años después, el poema sigue siendo más verdad que cuando nació. Y eso no es un logro literario. Es un parte de guerra.

Bienvenidos a la autopsia de la conexión humana. El arma del crimen: lo que se suponía que iba a salvarnos.

William James tenía razón. Por eso acabó hablando con fantasmas.

William James construyó la psicología moderna con las manos. Dijo que el yo no es una unidad, es un pastiche en movimiento. Que el yo social, el yo material y el yo espiritual conviven en una negociación permanente que nunca se resuelve del todo.

También dijo: para cambiar la vida, comienza inmediatamente y hazlo ostentosamente.

Al final de su vida, James asistía a sesiones de espiritismo intentando hablar con los muertos. El padre del pragmatismo, el hombre que había definido la conciencia humana como una corriente de agua en movimiento, buscando respuestas donde la ciencia de su época no llegaba.

Desde el sentido común, a William James se le fue la pinza. Acabó hablando con fantasmas en sesiones de espiritismo. Lo que nadie se molestó en preguntar es si los fantasmas le respondían mejor que los vivos.

Hoy James tendría un fMRI. Y entonces vería lo que nosotros estamos eligiendo no ver.

Tinder ha creado el experimento social más grande que James nunca pudo diseñar: millones de personas construyendo un yo de escaparate, editado con el mejor ángulo y la mejor luz, para ser evaluado en 0,3 segundos por un desconocido. El yo social convertido en producto con fecha de caducidad. Y el resultado es exactamente el que James habría predicho: nadie se encuentra porque nadie está siendo real.

La lobotomía más cara de la historia. Y encima la pagamos nosotros.

Llevamos dos millones de años perfeccionando el aparato social más sofisticado del planeta.

El área fusiforme de las caras, FFA, procesa rostros humanos en tiempo real con una precisión que ninguna inteligencia artificial ha conseguido replicar. El área extraestriada del cuerpo, EBA, lee el movimiento biológico: cómo camina alguien, cómo gesticula, qué dice el cuerpo cuando la boca calla. El sistema olfativo va directo al límbico sin pasar por el filtro racional. La voz activa su propio circuito de procesamiento emocional. Todo junto construye, en fracciones de segundo, un mapa neurobiológico completo de otra persona.

Dos millones de años de evolución para esto.

Tinder nos da una foto. Y nos pide que tomemos la decisión más importante de nuestra vida con el 5% de la información que el cerebro necesita para evaluar a un ser humano.

Es como intentar diagnosticar una enfermedad con la sombra del paciente. Pero nadie protesta porque la sombra tiene buena iluminación y un filtro de Instagram que le favorece.

Antes te enamorabas en la plaza del mercado. Ibas a comprar tomates y conocías a alguien. Tu sistema nervioso no estaba en modo búsqueda activa, estaba relajado, y precisamente por eso la conexión podía ocurrir. El FFA procesaba la cara en vivo. El EBA leía cómo se movía. El olfato iba directo al centro del deseo sin pedir permiso.

Ahora entras a Tinder con intención declarada, bajo presión económica y social, compitiendo con mil perfiles, con el FFA procesando fotos sin cuerpo ni voz ni olor. Es el equivalente a intentar dormirte esforzándote activamente en dormirte. El cerebro no perdona la trampa.

La tragaperras del amor.

Cada swipe es una tirada de tragaperras. Solo que en esta máquina no pierdes monedas.

El mismo circuito dopaminérgico que activan las máquinas tragaperras, el refuerzo intermitente, la recompensa impredecible, el siguiente swipe puede ser el bueno. No ganas en cada tirada pero el cerebro se queda enganchado a la posibilidad de ganar. La persona al otro lado ha dejado de ser una persona. Es el símbolo de la cereza o el limón.

Los casinos llevan décadas usando este mecanismo para vaciar carteras. Silicon Valley lo aplicó al amor y lo llamó innovación.

Y la consecuencia más silenciosa es la que nadie nombra: hemos atrofiado el músculo de la atención espontánea hacia el otro. Ya no miramos al de al lado. Ya no sabemos fijarnos en alguien sin haber visto antes su perfil. El descubrimiento lento, el enamoramiento por conocimiento, por capas, por sorpresa, ese que activa el circuito completo, se ha vuelto tan raro que cuando ocurre no sabemos qué hacer con él.

Antes te enamorabas sin buscarlo. Ahora buscas sin enamorarte.

Dices que estás buscando amor. Cuando realmente estás buscando un copagador de alquiler con quien también sea tolerable cenar.

Aquí está el diagnóstico que nadie quiere firmar.

Una hipoteca requiere dos nóminas. Un alquiler en cualquier ciudad con más de cien mil habitantes consume entre el 60 y el 80 por ciento de un salario medio. El sistema lo dice en voz baja, pero el mensaje es inequívoco: estar solo es un fallo de fábrica.

Y luego está la mesa ‘de uno’.

Entras a un restaurante. El camarero te mira, mira el espacio a tu alrededor y pronuncia las dos palabras más violentas del idioma cotidiano: ¿Uno solo? Tú miras alrededor, después vuelves la mirada fijamente al interlocutor; sí, uno solo. Es una sentencia. El giro cingulado anterior, la ínsula, las mismas zonas que procesan el dolor físico, se activan. Porque el cerebro humano procesa el rechazo social exactamente igual que un golpe. La diferencia es que el golpe duele y se ve. Este no.

En ese contexto de presión económica y simbólica, la oxitocina y el cortisol no trabajan igual que bajo deseo genuino. Entras a Tinder con la amígdala en guardia, el sistema de alarma activado, buscando no al que te ilumina sino al que hace las cuentas cuadrar.

El amor se ha convertido en una estrategia de supervivencia económica. Y el algoritmo lo sabe y lo explota con la misma frialdad con la que el matadero laboral explota la necesidad de nómina. Es el mismo mecanismo. Distinto escaparate.

La sala de urgencias emocionales abre las 24 horas.

Tinder, esa sala de urgencias emocionales con interfaz de catálogo.

El casino del vínculo humano. La mayoría de la gente que hay ahí está en duelo, comparando, intentando tapar un agujero con el primer cuerpo que aparezca. Una persona en duelo tiene el sistema límbico literalmente en llamas: el cortisol por las nubes, la oxitocina en caída libre, el cerebro buscando a ciegas lo que perdió. Y tú, al otro lado de la pantalla, sin saberlo, eres el siguiente cromo.

Te sientas en ese café, intentas leer a alguien que en realidad está en otro café, en otro tiempo, con otra persona. La silueta de lo que perdió.

Y luego están los que deciden procesar el duelo de otra manera. Se dan un par de años de paseo. Entran al mercado vendiendo lo que no tienen. El perfil dice busco algo serio pero el cuerpo busca anestesia. Y el cerebro del otro, diseñado para detectar señales de disponibilidad real, recibe señales contradictorias que no sabe procesar.

La necesidad de amor te hace sentir como un náufrago. Pero lo patético es el escaparate donde la exponemos. Y lo más triste es que el escaparate lo montamos nosotros, a las 23:35, con el teléfono en la cama, pasando cromos de personas reales que duermen sin saber que son el símbolo de la cereza o el limón de alguien que no les ha mirado a los ojos jamás.

El algoritmo fabrica cínicos en serie.

El daño más profundo de la era de la comunicación no es la soledad. La soledad siempre existió y tuvo sus poetas.

El daño es la cadena.

El que vende lo que no tiene hiere al que sí estaba disponible, que aprende a desconfiar, que la próxima vez también entra con el escudo puesto, que también empieza a vender lo que no tiene. Vuelta a empezar.

La empatía afectiva, ese mecanismo que nos permite sentir lo que siente el otro, requiere información real para funcionar. Sin movimiento biológico, sin voz, sin olor, sin la microexpresión que dura 200 milisegundos y lo dice todo, la empatía afectiva opera en el vacío. Inventa. Y lo que inventa casi nunca coincide con la realidad.

Góngora y Quevedo se medían al filo del cuchillo. La fricción era el método. La dificultad no era un obstáculo: era lo que hacía real la conexión. Hemos cambiado la fricción por la velocidad. El descubrimiento por el catálogo. La plaza del mercado por el scroll infinito.

Y el resultado es lo que James vio antes que nadie sin poder nombrarlo: un yo social que se ha vuelto tan maleable, tan editado, tan calibrado para gustar, que ya no sabe quién es cuando nadie le está mirando.

Allí estaré yo.

Este poema lo escribí en 2016 a las dos de la madrugada, en el cuaderno de la noctambulidad alevosía, cuando la ciudad dormía y yo procesaba el día.

No lo escribí desde la derrota. Lo escribí desde la posición.

El silencio imperturbable de la noche no es el premio de consolación de los que no consiguieron pareja. Es el único territorio donde el algoritmo no ha podido plantar su bandera. Donde el FFA no procesa perfiles. Donde la oxitocina no se compra con una suscripción mensual.

El que te merece es el que te encuentra ahí. No el que el algoritmo os puso en la misma franja horaria y de precio. No el que necesita tu segunda nómina. El que sabe buscarte cuando el ruido se apaga.

William James buscó ese encuentro en sesiones de espiritismo porque su época no le dio mejores herramientas. Nosotros tenemos la neurociencia entera para entender por qué el cerebro humano necesita el vínculo real. Y la estamos usando para diseñar mejores tragaperras.

Grande nos quedó la era de la comunicación. Todo vale y nada queda.

Allí, en el silencio imperturbable de la noche, allí donde todo existe y nada perturba la razón, allí, tú que sabes encontrarme... allí estaré yo.

Glosario del Búnker

FFA (Área Fusiforme de las Caras): La zona del cerebro que procesa rostros humanos en tiempo real. Lleva dos millones de años perfeccionándose. Tinder la convirtió en un motor de clasificación de fotos.

EBA (Área Extraestriada del Cuerpo): Lee el movimiento biológico. Cómo caminas, cómo gesticulas, qué dice tu cuerpo cuando tu boca calla. No funciona con fotos estáticas. La pantalla azul la tiene desactivada.

Refuerzo Intermitente: El mecanismo más adictivo que existe. No ganas siempre, pero siempre puedes ganar. Lo usan los casinos. Lo usa Tinder. La diferencia es que en el casino solo pierdes dinero.

Yo Social (William James): La versión de nosotros mismos que construimos para los demás. James lo teorizó en el siglo XIX. Instagram lo convirtió en industria.

Oxitocina: La hormona del vínculo. Se activa con contacto físico real, mirada sostenida, voz. No se fabrica con emojis. No tiene app.

fMRI: La máquina que James nunca tuvo. Mide la actividad cerebral en tiempo real. Con ella, lo que él llamaba espiritismo hoy se llama neurociencia. La diferencia es que la neurociencia tiene razón.

Silicon Valley: El barrio de San Francisco que decidió que conectar personas era un negocio. Lo consiguió. La conexión, no tanto.

Más osada que VA-liente

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