Suena el despertador.

Tu cerebro, que es muy listo pero lleva quince años en el matadero, lo procesa exactamente igual que un perro de Pavlov: amenaza. Cortisol. Guardia.

No te has levantado. Ya estás en modo supervivencia.

Y lo más gracioso —por gracioso me refiero a que si no te ríes lloras— es que tienes dos carreras, un máster y hablas inglés con acento de Netflix. Pero el lunes a las 7:15 de la mañana tu cerebro no sabe nada de eso. Tu cerebro sabe que hay un Excel que no cuadra y un jefe que va a hacer como que no lo ve hasta que lo veas tú.

Una compañera me lo contó el viernes.

Llegó a casa. Sus hijos estaban en el salón, cada uno con su pantalla. Debería alegrarse. En cambio, sintió un vacío que no supo nombrar. No los abrazó. No pudo. No se reconocía.

Llevaba cinco días siendo una máquina adiestrada. Y las máquinas adiestradas no abrazan. Ejecutan protocolos.

El sistema lo llama conciliación familiar. Tiene hasta un PDF en la intranet.

¿Conoces El Hoyo? La película española donde meten a la gente en niveles y les pasan comida de arriba a abajo. Los de arriba comen lo que quieren. Los de abajo comen lo que sobra. Los del fondo no comen.

Hay un personaje, Miharu, que cada mes baja nivel por nivel buscando a su hija. No habla. No pide permiso. Solo baja.

El sistema tiene un nombre para lo que busca: alucinación. Los niños no existen en el Hoyo. El protocolo no los contempla.

El sistema no necesita destruirte. Solo necesita convencerte de que lo que buscas no existe.

Tu compañera no está en un edificio de hormigón. Pero lleva cinco días en un sistema que le ha repetido, de mil formas distintas, que su vida fuera del Excel es un lujo que no se puede permitir.

Y mientras ella no está, aunque está, sus hijos aprenden a arreglárselas solos. La Play no les falla. Mamá llega agotada. Se van adaptando.

El sistema no destruye tu familia. La reorganiza para que funcione sin ti. Y encima te manda una encuesta de clima laboral para saber cómo te sientes.

La neurociencia lo llama agotamiento del eje HPA. Yo lo llamo lunes de colegio con nómina.

Esa sensación de no tener voz ni voto. De que da igual lo que hagas porque el resultado ya está decidido antes de que entres por la puerta. De ser muy listo para lo que no importa y muy prescindible para lo que sí.

Pavlov lo llamó condicionamiento clásico. Seligman lo llamó indefensión aprendida. Tu médico lo llama estrés y te da una cita para dentro de tres semanas.

Yo lo llamo lo que es: una factura biológica que nadie te va a pagar.

Miharu baja de todas formas. Sin protocolo. Sin permiso. Porque tiene algo que ningún nivel del Hoyo puede quitarle.

La pregunta no es si tú también lo tienes.

La pregunta es en qué nivel te han convencido de que no.

¿Cómo suena tu lunes? ¿A profesional con criterio o a perro que ya sabe que va a llover?

Cuéntamelo. Verbalizar es el primer acto de insurgencia.

 

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