Mi estimado colega compartía hace poco en Dichos y Bichos una anécdota que me heló la sangre antes de hacerme sonreír. Le acusan de ser una Inteligencia Artificial. ¿Su “delito”? Escribir demasiado bien. Sin errores. Con una estructura impecable.

Vivimos tiempos extraños en esta “vorágine frenética” donde la excelencia humana se ha vuelto sospechosa. Si algo es bello, asumimos que es sintético.

Pero tengo una mala noticia para los algoritmos y una excelente para Gonzalo: La biología no se puede plagiar.

Como futura psicóloga y apasionada de la neurociencia, dejadme explicar por qué Gonzalo no es un robot, aunque escriba sin faltas.

Una IA funciona por estadística; predice la siguiente palabra más probable. Un ser humano funciona por biografía.

Cuando escribimos, no estamos procesando datos. Estamos activando nuestro Conectoma: esa red única, irrepetible y plástica de conexiones neuronales que se ha formado a base de nuestros traumas, nuestras risas y nuestras noches de insomnio escribiendo en servilletas. Nadie es igual a otro ser humano porque nadie tiene el mismo mapa de cicatrices y aprendizajes.

Le dije a Gonzalo en privado algo que hoy quiero hacer público:

“Leer tus líneas es como un baile de cantautor.”

Y una IA no baila. Una IA marcha. La escritura de Gonzalo tiene ritmo, tiene pausas, tiene esa “belleza” que reivindicaba Aute. Tiene la imperfección perfecta de quien ha vivido, no de quien ha sido programado. Escribir bien hoy en día, cuidando la palabra, es negarse a la mediocridad de la prisa. Es un acto de Soberanía Cerebral.

Mañana, a las 7:30 AM, publicaré mi cuarta entrega sobre “La Herida”, donde hablaré del Human Brain Project y de por qué nuestro cerebro necesita la IA.

Pero os adelanto la conclusión: Necesitamos la IA para que haga el trabajo sucio, el dato frío, el cálculo robótico que nos atrofia la mente. Necesitamos delegar lo mecánico en la máquina para liberar nuestro ancho de banda y poder volver a hacer lo que hace Gonzalo: Escribir con alma.

Usemos la tecnología para dejar de ser robots en la oficina y volver a ser artesanos en la vida.

No, Gonzalo no es una IA. Es un humano que se ha tomado la molestia de respetar a sus lectores. Y eso, amigos, es la mayor rebeldía de todas.

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